Aunque Dios dice: “No conozcan a otro dios fuera de mí”, las personas no abandonan su terquedad.
El engañador y el engañado se unen, se incitan mutuamente y aplauden juntos.
En medio de todo eso, escuché a alguien gritar así:
La Biblia es el testimonio del Padre que profetizó a Jesucristo, el misterio escondido de Dios,
y el Nuevo Testamento son las palabras del Padre, es decir,
las propias palabras de Jesús que vino a cumplir el plan de Dios.
Por lo tanto, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento pertenecen a Jesús…
el arca del pacto y la ley, todo es Jesús.
¡Por favor, despierten… ciegos!
Otra persona dice así:
¿Por qué dividir en Padre, Hijo y Espíritu Santo?
Yo no he visto a Dios directamente, pero creo que existe un solo Creador que creó a la humanidad.
¿Para qué dividirlo?
Y otra persona dice así:
Dicen que Jesús, quien creó este mundo, pidió que fuera creado,
y para proteger este mundo que Él mismo pidió que se hiciera,
tomó el pecado sobre sí en lugar de los seres humanos,
soportó voluntariamente el sufrimiento de la carne humana,
y como sustituto de la humanidad incluso descendió al infierno.
Las personas no conocen el camino, ni la verdad, ni la vida,
y caminan sin fin por un camino invisible.
Yo también fui una de ellas.
Que aun leyendo la Biblia no se pueda ver quién es Dios
se debe a que se dice el 99% de la verdad y se mezcla un 1% de mentira.
Ese 1% parece insignificante, pero termina devorando el 99%,
porque impide conocer la existencia de Dios.
Las personas toman una decisión:
no volver a ese Dios que creó los cielos y la tierra y abolió la muerte…
no importarles si el dios en el que creen es el Dios verdadero o un dios falso…
¿Quién es sabio para que entienda estas cosas,
y quién es prudente para que las conozca?
Porque rectos son los caminos de Jehová, y los justos andarán por ellos;
mas los pecadores tropezarán en ellos.” (Oseas 14:9)
Adoro solo a Jesucristo, el único y sabio Dios y nuestro Salvador, quien se hizo hombre, resucitó y abolió la muerte; el Dios Jehová hecho hombre. ¡Aleluya!