Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras, y les dijo:
“Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día;
y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones,
comenzando desde Jerusalén.
Y vosotros sois testigos de estas cosas.” (Lucas 24:45–48)
Habiendo obtenido ayuda de Dios, persevero hasta el día de hoy,
dando testimonio tanto a pequeños como a grandes,
no diciendo nada fuera de lo que los profetas y Moisés dijeron que había de suceder:
que el Cristo había de padecer, y que sería el primero en resucitar de los muertos,
y anunciaría luz al pueblo y a los gentiles. (Hechos 26:22–23)
El evangelio es la “luz”.
Jesucristo es esa luz.
Jesucristo es Yehowah Dios, quien fue profetizado en el Antiguo Testamento.
Yehowah Dios anunció de antemano que Él mismo vendría y destruiría la muerte.
Las personas no conocen esa luz, y andan en confusión, sin saber cuál es la verdad.
Aun cuando oyen el evangelio, no se mueven del lugar donde están.
Por eso Jesús dijo:
“Y la luz en las tinieblas resplandece; y las tinieblas no la comprendieron.” (Juan 1:5)
Aunque los muertos resuciten, eso no es suficiente. Debe confirmarse por medio de las Escrituras.
Pero las personas hace mucho que han cerrado la Biblia.
Aún hoy, a aquellos que viven con la Biblia cerrada, Dios les habla:
“¡Si quieres saber quién soy, abre las Escrituras!”
¡Amén, amén!
A menos que lo confirmemos a través de las Escrituras, no ocurre el paso de la oscuridad a la luz.
Yehowah Dios vino en forma de siervo como nosotros, y venció la muerte, triunfando sobre ella.
En las Escrituras se encuentra el tesoro de la vida eterna.
¡Halleluyah!