Porque Yehowah es el gran Dios, y el gran Rey sobre todos los dioses.
En Su mano están las profundidades de la tierra,
y las alturas de los montes también le pertenecen.
Suyo es el mar, pues Él lo hizo, y Sus manos formaron la tierra seca.
Venid, adoremos y postrémonos;
arrodillémonos delante de Yehowah nuestro Hacedor.
“Durante cuarenta años estuve disgustado con aquella generación,
y dije: ‘Es un pueblo que se extravía en su corazón
y no conoce Mis caminos.’ Por eso juré en Mi ira:
‘No entrarán en Mi reposo.’” (Salmo 95:3–7)
Dios se enojó con los israelitas en el desierto,
cuyos corazones se habían desviado.
Y les dijo: “No entrarán en Mi reposo.”
El gran Dios, el gran Rey, vino como Emanuel, haciéndose hombre.
Sin embargo, las personas, con corazones desviados, crucificaron al gran Rey.
Clamaban: “¡Crucifícale!” Pero el gran Dios es la fuente de la vida,
por lo que destruyó la muerte y resucitó. Y aun así, las personas mataron a los apóstoles
que proclamaban esta asombrosa noticia.
Aún hoy, las personas se oponen a la venida del gran Rey.
Se enojan, diciendo que Jesús no es el Padre eterno.
Jesucristo es el gran Dios y el gran Rey. El nombre de ese Dios es Yehowah.
Él se hizo carne y sangre por Sus hijos y resucitó de entre los muertos.
Este es el evangelio. ¡Aleluya!