Y vino a Nazaret, donde se había criado; y conforme a Su costumbre,
entró en la sinagoga el día de reposo y se levantó para leer.
Y se le entregó el libro del profeta Isaías.
Y habiendo abierto el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu de Yehowah está sobre Mí,
por cuanto Me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres.
Me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón,
para proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos,
para poner en libertad a los oprimidos,
para proclamar el año agradable de Yehowah.” Lucas 4:16–19
El Dios Creador se hizo criatura y leyó el libro de Isaías.
Y también nosotros estamos leyendo ahora mismo las palabras de Isaías
que el Dios Todopoderoso, quien creó los cielos y la tierra, leyó personalmente una vez.
Aun pensar en esto parece imposible, y sin embargo es verdad.
El Dios Creador que vino para proclamar el año del favor de Yehowah:
ese Dios a quien llamamos Jesucristo.
El Padre Eterno, quien Él mismo se hizo hombre
y proclamó la gracia que Yehowah Dios había preparado.
Sin embargo, las personas buscan aquello que personalmente desean para satisfacerse a sí mismas,
y la gracia que Dios ha dado es considerada como si fuera algo insignificante.
Por eso algunos buscan experiencias místicas,
mientras otros desean un dios que les conceda las riquezas y la gloria de este mundo.
Pero toda la Biblia registra únicamente la obra de gracia dada por ese Dios.
La promesa de que el Creador se haría hombre,
y la maravillosa gracia demostrada mediante Su resurrección:
esa gracia es la más grande, más maravillosa y más misteriosa de todas.
Recibir esa gracia y vivir en ella
es ya estar viviendo sentados en el cielo. ¡Aleluya!